“Hay que trabajar en la pequeña huerta interior que tenemos en cada uno”
Alejandro Alday es profesor de Biología y Físico-química en la Escuela Cecilia Grierson. No solo le gusta dar clase, sino que se preocupa por el medioambiente y la buena alimentación. Por eso tiene un proyecto que junta todas sus pasiones: Huertas Argentinas, y ya lo estamos siguiendo en Instagram, obviamente. En esta entrevista nos cuenta de qué se trata y nos enseña qué podemos hacer para mejorar el lugar donde vivimos.
Además de profe, sos ingeniero agrónomo. Contanos un poco de qué se trata esa carrera.
Si bien la vocación de docente es anterior a la de ingeniero, se retroalimentaron ambas. Me recibí en la Facultad de Agronomía de la Universidad Nacional de Córdoba. Principalmente, el rol del ingeniero agrónomo es el manejo de sistemas agropecuarios que tienen que ver con la producción de alimentos de origen vegetal y animal. También tiene un rol activo en la investigación afín a esta producción, y un rol importante en la extensión o enseñanza ―también llamada transferencia tecnológica―, en cómo salir de la facultad al campo. Es lo que se conoce como “asesoramiento”, en el caso de un particular, y “extensión” si va de la facultad hacia un grupo de productores.
¿Qué puede hacer un ingeniero agrónomo en una ciudad?
El ingeniero agrónomo también tiene un rol activo en las ciudades, donde se ocupa del mantenimiento, el cuidado y el diseño de los espacios verdes −muy importantes−. Además, se ocupa de la generación de agricultura urbana y periurbana en pequeña y gran escala, en especial de cultivos denominados intensivos u hortícolas –verduras− de gran consumo en las ciudades.
Por supuesto, muy relacionado con tu profesión, surge Huertas Argentinas. Nos encantaría saber de este proyecto tuyo.
Huertas Argentinas surge cuando salí de la facultad, cuando buscaba en qué espacio ejercer mi profesión. Al ser una persona de ciudad, de Córdoba capital, no tenía vínculos que me pudieran llevar a un trabajo inmediato en el campo. Surgió entonces la idea de hacer algo propio. En realidad, hago huerta desde los 14 años. Pasé de la idea de ser cineasta a estudiar una ciencia relacionada con la Agronomía. Ya a esa edad veía que la forma en que se estaba produciendo hacía daño, estaba contaminando, y no podía entender cómo para producir alimentos debíamos contaminar. Entonces, en ese momento, me llegó un libro del Programa Prohuerta del Inta, y para mí se transformó en una pasión. El principal evento fue entender cómo funciona el compost; para mí fue algo mágico, y ahí me enamoré. Después de que terminé la facultad, no quería alejarme de eso. Quería hacer huertas a domicilio, institucionales, completamente naturales, sin el uso de agroquímicos, basándome en fortalecer las defensas que tienen las plantas a través del suelo generando combinaciones y asociaciones favorables para las plantas, incorporando conceptos de Agronomía y enfocándome en diseñar sistemas lo más autosostenibles en el tiempo, sin intervención de mi mano o de algún producto extra. Así surgió Huertas Argentinas. Me gustó el nombre. Es algo que soñé en grande cuando era muy chico. Puede que el nombre todavía me quede grande, pero ojalá se pueda hacer algo a nivel institucional, a nivel macro, con esta idea de producir sano algo para las ciudades, cerca de le gente que consume.
¿Todos y todas podemos tener una huerta en nuestra casa? ¿Qué necesitamos saber para tenerla?
Todos podemos tener una huerta en casa bajando ciertas pretensiones o expectativas iniciales. Como mínimo necesitamos ocho horas sol, un buen sustrato, o suelo y agua, y las semillas. El agua, en general, la tenemos, y el sustrato, las semillas y las macetas podemos comprarlos, pero no el sol, por eso la ubicación de la huerta es muy importante. La huerta se puede hacer en un balcón, una terraza, un patio interno, un pequeño jardín. Hay que ver en qué época tenemos las ocho horas de sol, y si no tenemos esas horas, podemos elegir qué cultivar teniendo eso en cuenta. Una huerta no tiene por qué ser grande, puede ser una maceta de plantas aromáticas o una maceta de cincuenta centímetros por un metro para cultivar lechuga. Hay que bajar las expectativas, porque lo más interesante es entender el proceso de cómo plantar una semilla, enamorarse del proceso porque después se puede escalar. Lo más interesante es apreciar el fruto del trabajo.
La gente parece muy preocupada por el medioambiente, pero ¿cuánto hacemos realmente para cuidarlo?
Todos damos cosas por supuestas, por ejemplo que abrimos la canilla y sale agua potable, que todos los días vamos a recibir aire limpio, sol, nubes, que vamos a alimentarnos yendo al supermercado. En la medida en que no repensemos esas comodidades, no vamos a hacer nada por el medio ambiente, ya que nuestra vida en las ciudades es bastante contaminante. Obviamente, también fuera de la ciudad la vida es contaminante, pero cada uno en lo suyo puede hacer algo. No voy a hablar de lo malo, sino de las posibilidades. En las ciudades tenemos muchas posibilidades para cultivar y tener un ambiente más sano. Si bajo los contaminantes del aire, del suelo, del agua y aminoro el ruido que también contamina, voy a tener un ambiente más propicio para poder cultivar, porque todos los factores van a estar en su aspecto más puro, y esa pureza me va a dar como resultado un mejor producto final. Hay muchos espacios privados para cultivar, como nuestras terrazas o nuestros balcones, como ya dijimos; hay además espacios comunitarios, como las terrazas de edificios o de supermercados. La mayoría de las nuevas construcciones tiene techos con bajas pendientes, en los que se podría hacer un estudio de carga, y acomodar una buena cantidad de macetas o de contenedores para las verduras. Otra de las ventajas es que en las ciudades todavía no tenemos contaminantes agroquímicos, o al menos no en la medida en que los tenemos en el campo, en consecuencia, lo que cultivamos en el pequeño o gran espacio disponible no se contamina con estos productos.
La verdad que cultivar nuestros alimentos tiene muchas ventajas.Muchas, además de que el consumo va a ser de la huerta a la
boca, y no va a pasar por todo lo que pasa la verdura desde que se cultiva y
llega al supermercado o a la verdulería. Obviamente, el que no sienta el gusto
por cultivar una parte de su alimento no lo va a hacer; hoy es un gusto, mañana
puede ser una necesidad. También hay gente que actúa en grupo,
comunitariamente, organizando redes de cultivadores urbanos respetando las
rotaciones y demás, y compartiendo los alimentos. Por ejemplo, soy bueno
cultivando tomates, entonces los intercambio con aquel que es bueno cultivando
zanahorias. No solo se comparte un producto, sino también saberes y experiencias.
No nos olvidemos de que “agricultura” es un compuesto de “agro” y “cultura”, la
cultura de criar y de cultivar, algo ancestral que no solo hace bien a nuestro
cuerpo, sino a otras partes de nuestro ser. El que no desee cultivar o criar, hay algo muy sencillo para hacer, algo a lo
que no se le da mucho valor, y es la separación de los residuos. Es muy difícil
entender por qué todavía no es una obligación y no se lo multa al que no separa
bien sus residuos.
¿Cómo ves el futuro con relación a los alimentos y la posibilidad de que realmente el hambre deje de ser un problema tan grave?
Además de esto que venimos diciendo sobre cultivar en casa, otra cosa relacionada con el hambre tiene que ver con el desperdicio de alimentos. El hambre en la Argentina es totalmente inconcebible por la cantidad de recursos que tenemos, recursos con los que no todos los países cuentan. Hay hambre no por la falta de producción, sino por la gran cantidad de desperdicio y por la mala distribución de alimentos. Hay una falta de cultura que nos aleja tanto de algo tan básico como preocuparnos de lo que comemos. Incluso en las ciudades muchas veces hay mucha alimentación, pero estamos en el polo opuesto de la desnutrición: el de la obesidad. Muchos alimentos no nutren sino que malnutren, generan enfermedades, incluso relacionadas con las adicciones a la comida. En síntesis, necesitamos poner atención en la separación, en el cuidado de los alimentos en cuanto a su desperdicio y en la educación.
Con respecto a la educación, ¿cuánto puede hacer la escuela en esta tarea de concientizar sobre una buena alimentación?
La educación no solo tiene que ser ambiental, aunque es útil saber cómo funciona el sistema ambiental donde estamos insertos: el sol que me ilumina, el río que fluye, soy totalmente dependiente de eso. La educación es también solidaridad y empatía con respecto al resto de las especies que nos rodean. Eso también es apostar a que la conciencia del ser humano es esencialmente buena. Partimos de que el ser humano es bueno, tiende hacia el bien común, porque pensar en que somos egoístas por naturaleza sería algo difícil de revertir. Hay que generar gente sensible por el otro y por lo que lo rodea. El ambiente es muy importante, pero hay que trabajar en la pequeña huerta interior que tenemos en cada uno.











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